domingo, 19 de noviembre de 2017

Con una boca prestada

Ayer se presentó en mi pueblo el diseño de un desplegable que cuenta la historia de su milenario castillo, un lugar que recuerdo y describo de esta manera:

“Desde la Prehistoria a nuestros días, nunca el hombre disfrutó de un paisaje único como el que se contempla desde lo alto del Castillo de Castellar. Desde este balcón hacia el Estrecho tus ojos pueden disfrutar de la visión simultánea de las dos Estelas de Heracles, o Columnas de Hércules, que conforman el Yebel Tarik (Peñón de Gibraltar) y el Yebel Musa como puertas donde confluyen el mar Mediterráneo y el océano Atlántico así como los continentes  de Europa y África.

Un castillo que te transporta a siglos de batalla, de reino de taifas y corte nazarí, de leyendas de asedios, de califas y almorávides. Pero si seguimos viajando hacia atrás por los dedos del tiempo podremos llegar a una calzada de piedra que habla de legiones romanas, de Carteia y Corduba y así podemos seguir campo a través buscando leyendas de Tartessos o tumbas antropomorfas y abrigos donde se pueden encontrar vestigios de los primeros moradores de nuestra civilización.

Un castillo no solo para visitar por fuera, sino para visitar por dentro. Para dejarse embriagar por sus siglos de historias intra muros, de sus batallas por mantener uno de los bastiones más importantes para control del Estrecho de Gibraltar y finalmente por lo que es hoy en día, un pueblito de casas encaladas donde artesanos y artistas viven para dar forma a sus sueños.”



Hoy, que puedo hablar con una boca prestada, me gustaría recordar brevemente a los lectores una parte de la historia de nuestro pueblo que también me hubiera gustado incluir en este desplegable.

Es la historia de mis abuelos, que se ganaron a pulso todas las palabras que pueda dedicarles.

Actualmente le debemos mucho al pantano, pero pocos saben de primera mano cuanto sudor y sangre costó su construcción. En esas obras estuvo a punto de morir sepultado, por un desprendimiento de rocas, mi abuelo Fernando. Eso, afortunadamente, no le impidió envejecer contándome sus historias de hambre en la posguerra y de cómo levantó su casa en Jarandilla con sus propias manos. Yo entonces no era más que un crío y sus recuerdos ya no son más que un puñado de arena entre mis manos. Aunque siempre me sentiré orgulloso de que colaboró en hacer algo muy grande para el pueblo.

¿Y quién no conoce a Jiménez? El que levantó su negocio en los Castillejos alimentando esas manos que construyeron el embalse. El que compró uno de los primeros coches del pueblo, un Land Rover que sonaba como una fábrica de tornillos pero que transportó arriba y abajo a muchos vecinos del pueblo y siempre volvía cargado de recados para unos y otros.

Mi padre heredó el coche y el ánimo para servir a sus vecinos. Y no se quedó solo en eso. Evolucionó. Decidió irse, aprender y luego volver. Y usó su aprendizaje para ayudar al pueblo desde el Ayuntamiento cuando pocos querían esa carga. Y cuando nadie quería mirar al castillo, él levantó la vista y dedicó su tiempo y su esfuerzo por buscar presupuestos, cuando no los había, para restaurar lo que parecía ya olvidado.

Y mientras mis padres luchaban también por educarme, aprendí a leer en los ojos de mi madre la frustración de una guerra llamada política, por las continuas críticas de los que no hacían nada y lo querían todo. Sin embargo, a mí me enseñaban una lección de vida que hoy quiero compartir con vosotros:

Vete, aprende, nunca olvides tus raíces y algún día, si puedes, vuelve. Y cuando consigas colocar una piedra sobre la que pusieron tus padres, sobre las que pusieron tus abuelos, entonces, y solo entonces, estarás haciendo historia” así que esto no es más que un granito de arena de lo que me queda por hacer, si me dejan, si me ayudan.

Porque al final de todo esto, la única manera de hacer CULTURA, con mayúsculas, es que esta historia se una a otras muchas historias. A todas vuestras historias compartiendo un mismo camino y ayudando a levantar vuestra propia piedra.





jueves, 19 de octubre de 2017

lluvia de flechas

No lo puedo evitar. Siempre me han gustado aquellas personas que son capaces de bailar bajo una lluvia de flechas.

Pues bien, esta es la noche de las Oriónidas, una lluvia de meteoritos que se dejan ver sobre el cielo en forma de estelas verde amarillas de restos pertenecientes al cometa Halley. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Parece una lluvia de flechas incendiarias surcando tu cabeza.

Orión, dice alguna fuente de los textos clásicos(no voy a documentar nada, voy a contar la historia como literariamente me parezca) fue un gigante mitológico, un gran cazador hijo de Poseidón y Euriale que tenía la capacidad de andar sobre las aguas. Aparte de ese emocionante poder murió por causa de una flecha en la cabeza que le lanzó su propia enamorada Ártemis engañada por una argucia propiciada por el celoso Apolo.

Son actores secundarios que reciben heridas por aguantar a esos héroes de leyenda que creen soportar el peso del mundo con cara de consternación mientras a su lado el secundario, ique sufre la misma Odisea y está igual de magullado, da de comer a los caballos en los descansos y vuelve a la mesa con una sonrisa para brindar por un nuevo amanecer mientras el líder aguanta con un crispado gesto de solemnidad. Al día siguiente, ni que decir tiene, que ambos están igual, en primera línea de batalla, con la diferencia que uno lo hace para que lo vean y para ganar algo dorado y el segundo por ideales y para probarse a sí mismo.

Tengo la mala costumbre, desde que estudié cine, desde que leo novelas y otras narraciones que caen en mis garras, de diseccionar las historias y liar la madeja que me cuentan en los primeros compases de la trama. Es algo un poco patológico, lo reconozco. Pero no hay mala intención.

Anoche caí con toda la caballería en mi propia trampa. Empecé a ver, casi con desidia una obra coral con una serie de arquetipos aparentemente de hoy en día que parecían sacados de la parada de los monstruos, enseñando puñales y ballestas mientras desayunaban en la playa. Empezaron a intranquilizarme. Empecé a observarlos, a destripar las armas destructivas de cada uno, a ponerles nombre y apellidos. Terminé perdiendo, un poquito más, la fe en la humanidad al ritmo de unos actores estupendos jugando al juego del sálvame mientras escondían su mierda bajo la alfombra.

Fue tal mi desbarajuste mental que me olvidé de un personaje, uno que siempre estuvo allí, al que borré de mi mente por su taciturno deambular por la escena y sus ausencias desmedidas. Hasta que apareció en el climax y mientras todos los héroes afilaban sus armas sobre la promesa de un nuevo amanecer, él se plantó frente a ellos y habló. Habló para que todos lo miraran a los ojos y apuntaran sus armas hacia él...o las tiraran por el aire y salieran corriendo aterrorizados.

No voy a desvelar el final de la peli...
Tampoco voy a decir su nombre, pero si alguien la reconoce y la ha visto me encantaría escuchar más opiniones sobre ella.

Puto cine francés.


jueves, 21 de septiembre de 2017

Por el Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad

Hace unos días Alejandro Sanz se consideró, por escrito, “gaditano nacido en Madrid” pidiendo a la UNESCO declarar el Carnaval de Cádiz Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad definiéndolo “un tesoro cultural, una oda al pensamiento, el deporte olímpico de un pueblo humanista”.

He oído a lo largo de los años muchos comentarios velados sobre el Carnaval de Cádiz, desde el típico comentario de “es que no los entiendo” a “solo dicen cosas groseras” y yo defiendo que si no los entiendes es porque no has puesto la suficiente intención en comprender, y las groserías son la irreverencia contra lo establecido que se resume en la frase tan gaditana de que “el pueblo que canta sus males espanta”.

Mi experiencia personal con el carnaval va desde los siete años en que los Combois da pejeta, chirigota que me dejó durante horas clavado a la tele, me hiciera ver los colores, el humor, la alegría de esta fiesta que se fue sucediendo posteriormente con Los príncipes encantados, el que la lleva la entiende, Caimán, Los lacios, Los bordes del área y poco a poco fueron permitiendo entrar las letras de El brujo, La trinchera, El vapor, Los piratas para que el veneno del Carnaval me atacara ya en plena juventud entrado en la sangre con los Yesterday, La niña de mis ojos, Los ángeles caídos,…

Pocos aseguran que le gusten los coros pero no hay como pasar un domingo de Carnaval viéndolos en la Plaza Mina, luego recorrer las callejas del Barrio de la Viña escuchando en cada esquina a las “ilegales” y terminar el día viendo morir el sol en la playa de la Caleta con las barquillas durmiendo en la arena y el castillo de Santa Catalina recortando el naranja del cielo al fondo y a la vuelta pasar frente al increíble Teatro Falla, poderoso guardián de coplas.

Hay mucha mitología detrás del Carnaval, todo un universo, pero puedes empezar a disfrutar cualquier copla, las más conocidas y dejarte aconsejar y sobre todo dedícale tiempo a escuchar, déjate llevar por unos disfraces de fantasía como la caracterización de Los Irracionales, o el siempre irreverente Juan que atravesó fronteras televisivas, escucha esos punteos imposibles de guitarra de Pacoli, Suso o Guille, y por favor no sabrás completamente de que te hablo si no escuchas alguna de las mejores letras de Martinez Ares, Juan Carlos Aragón o Tino Tovar.

Si te consideras culto, si crees que eres inteligente, te gusta el espectáculo, la música y la poesía no tienes razón para no adorar los Carnavales de Cádiz que pone en pie toda una maquinaria cultural cada año por febrero renovando sus disfraces, sus coplas, su música pero nunca su esencia.


Algunas veces, para un gaditano en el exilio es la voz más cercana que puede oír cuando te encuentras mal, a veces los guiños a esa tierra de luz y de sal es la mejor medicina para continuar adelante y soñar con volver el próximo febrero y quedarte para siempre encerrado en sus estribillos eternos...


Para ir abriendo boca esta letra sin ir más lejos aún me hace saltar las lágrimas cada vez que vuelvo de vacaciones...

viernes, 8 de septiembre de 2017

Las cloacas del Alma

Cae el sol, vuelven las interminables montañas de quehaceres que el verano aparcó en el último rincón de su memoria, vuelven las mismas oscuras golondrinas de otros otoños y empezamos a ver el túnel. Aunque sepamos que al final hay una luz solo vemos el túnel, y el invierno esta llegando con sus caminantes blancos pegados a sus móviles, inertes, retazos descuidados y metálicos de un collage de hojas caídas.

Dicen que no hay roca perfecta, que hasta la más perfecta manzana puede estar podrida por dentro sin duda aparente, pero… ¿Quién consigue ver a través de las ventanas de otros? ¿Quién aprende en cabeza ajena? Es tu camino, es tu maleta y tu cajón desastre y aquí hemos venido a jugar, a hacer lo que mejor sabemos, y para ello no podemos quedarnos mirando dulcemente como otros se llevan los pasteles a la boca, hay que buscar todos los ingredientes y hay que amasar la mezcla.

¿Y la receta? Toma nota, un par de mudanzas ayudan a valorar y desprenderse de lo innecesario, un viaje donde todo lo necesario te quepa en un mochila (y no estoy hablando de tumbarse en un resort), volver a una zona de confort donde Nadie ni nada te haga ser o sentir culpable, un abrazo tierno y sincero sin alardes de fuerza, una cena donde solo se proyecte sobre cosas que te gustaría hacer (sin dejar paso a la autocrítica y a los problemas cotidianos que pueblan y negativizan las conversaciones), y si eso aún no ha sido suficiente para vaciar tu organismo de cuerpos extraños (corpus alienum) un baño caliente de veinte minutos donde sumerjas todo el cuerpo bajo el agua y te dejes sentir. Somos agua, escúchate.

Algunos dirán, es muy fácil largarse, es muy fácil no afrontar los problemas de cara. Hay que afrontarlos, no estaría hablando de ello si no supiera que tú que lees esto, estés soportando el nauseabundo olor que desprenden las cloacas del Alma, porque haya gente que no te entiende, porque no terminen de salirte las cosas bien, porque ya no puedas más y quieras dejarlo todo. Solo te levanto una tapa, te tiendo una mano, para señalarte que la prioridad es conocer tus límites, que los reconozcas y los ilumines. Que no hay mayor fortaleza que conocer tus debilidades, que no hay mayor pasión que hacer Humor de un árbol caído, y para nada encender grandes hogueras.

Que no hay mayor signo de sabiduría que callar, que no hay mejor conversador que el que oye y que no vas a llegar antes al lugar que te propones corriendo más, porque las utopías son como los horizontes, por más que avances hacia ellas, ellas seguirán alejándose igual de rápido y lo único que hay entre tú y ellas es una gran masa de Tiempo.

Dicen que la única manera de retar al Destino es salirse del círculo, cuando el deber te empuja hacia el pozo de tus desastres, la mejor fuerza es la que no haces, dejar de empujar y desbloquear el paso para que el Tiempo se caiga de bruces, a tu lado, para que termines entendiendo que no es más que un perrito faldero que está buscando la manera de divertirse contigo.

Cuando estemos preparados para salir de nuestro eterno retorno (cada cual que estudie su pasado y sus antepasados y lo comprenderá) podremos cambiar el aura de nuestro destino, y seremos lo que queramos ser y no lo que nuestros hados nos deparan, lo que se espera de nosotros y comprenderemos que la vida tiene una serie de tuercas y engranajes que nos ayudan a hacerla un poquito más emocionante.


Esto no es ni más ni menos que una declaración de amor fati (amor al Destino) y una zambullida más por las cloacas del Alma, donde se posa todo lo que en cada viaje, en cada mudanza, nos permitimos el lujo de dejar ir, para volvernos un poco más livianos, un poco menos ruines.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Estrellas de Aruh

En tiempos de Al-Andalus la fortaleza que hoy ocupa el pueblo de Castellar de la Frontera era llamada Aruh, con la denominación Iqlim, palabra con la que se reconocían a las unidades territoriales pertenecientes a un castillo, consolidándose como uno de los puntos estratégicos de la Cora de Al-Yazirat perteneciente al califato de Córdoba.

Fueron tiempos de esplendor cultural bajo el influjo del legado andalusí y las profundas raíces que dejaron tanto los pueblos iberos y turdetanos, romanos, almorávides y almohades a lo largo de los años donde la presencia de muladíes nunca desapareció. Los muladíes eran pobladores que aunque no eran musulmanes, ya fueran iberos, hebreos o hispanovisigodos, convivían y aceptaban las costumbres musulmanas.

Esto dota a la villa de lo que siempre ha sido, un emplazamiento donde diferentes culturas han convivido, y es que la tierra no es de quien la posee, sino de quien la sueña y el tiempo no es otra cosa sino el juez que va poniendo a cada cual en su lugar.

El próximo sábado Aruh volverá a brillar con la luz de su glorioso pasado andalusí, y para ello se van a encender 5.000 velas para iluminar las calles de la villa, si el viento nos perdona el atrevimiento, y en sus calles se oirán ecos de otros tiempos.

Para mayor gloria del evento la música viene del grupo Serena Strings con su cantante, y buena amiga mía, Liona Hotta, israelí de origen y algecireña de adopción, cuya voz nos deleitará con música Sefardí tan exquisita como necesaria para entender que el pueblo que no canta sus males no espanta, con una compilación de música y letras de textos tanto populares como espirituales que la comunidad hebrea difundió durante sus años de diáspora mezclándolos con canciones populares pero que siguen encerrando en su interior un gran significado cabalístico.

Os espero, si tenéis la más mínima posibilidad, en Hisn-Lawra del Iqlim de Aruh, de la Cora de Al-Yazirat para viajar al pasado a la luz de las estrellas, a la sombra de nuestros miedos, al susurro del canto sefardí, al latido de más de dos mil años de historia.


lunes, 7 de agosto de 2017

Cara a cara con el Minotauro

Esta semana he disfrutado de una noche de mitología clásica en un marco incomparable. Con ruido de mar de fondo, en un teatro que batalla contra el tiempo desde el siglo II a.c., además se trataba de uno de mis temas griegos favoritos, “El laberinto del Minotauro”, que contiene todo lo necesario para ser una obra tanto épica, con viaje iniciático, héroe legendario, dudoso futuro… así como sirve de viaje interior, filosófico y autorreflexivo, entrar al laberinto, enfrentarte a tus propios miedos, encontrarse cara a cara con la bestia....

Si me remito a mi iconografía particular el Minotauro siempre fue mi animal simbólico, la bestia encerrada en el laberinto, pero no como la pinta la mitología, más bien como lo hace Borges, o mejor aún como lo hace Cortázar, ilustres escritores también de mi historia personal que trataron con maestría el mismo tema acomodándolos a sus personales métricas.

Por eso llevo todas las noches de esta semana, pasando ya de las tres, vagando tras mis palabras y mis trazos, viendo aún al Minotauro persiguiendo sombras en el laberinto y escribiendo versos en cada esquina, como la figura del buscador enfermizo, del poeta encerrado en su cárcel de papel. Tras de él la figura de Teseo, el héroe, el castrado que todo lo toma a fuerza de espada y sacrificio y que a la postre, le pese a quien le pese, resulta vencedor, y un tercero, el invisible, el creador, el que olvidó todo el mundo, Dédalo, el genio inventor, el que fue víctima de su propia genialidad, y por su genialidad perdió a su hijo. Y Ariadna, la seductora, la salvadora, la que vende a su hermano por su libertad, y Pasifae y Minos, Caronte, las moiras,…


La mitología está llena de referentes, personajes duros, trabajados por las columnas del tiempo, que guardan en sus historias verdades veladas. Y vuelvo a sentirme una vez más Minotauro, el que yo me imagino, y vuelvo a ver su sombra detrás de cada esquina del laberinto que ando hacia adelante y hacia atrás, esperando de nuevo, una y otra vez, la espada de Teseo que lo mate por fin, o lo devuelva a la vida.


lunes, 12 de junio de 2017

Lo que tenga que ser

Salí a buscar mi sombra por los acantilados, a encontrar nuevos dioses en otros lares que soñaran cumbres en la luna o abismos con flores en el fondo. Quise encontrar estaciones vacías con sus respectivos trenes a ninguna parte y pasajeros indelebles a los que contarles mis aflicciones.

Caminé hasta el Finis Terrae sumando, de oca en oca, hasta trece mientras disfrutaba viendo llorar a las estrellas y tornarse la luna sangre. Me fue lícito adivinar en Fez que los laberintos solo son imposibles en tu mente y, al otro lado del mundo, que Kukulkán vendría a buscarme un equinoccio cualquiera, ya estuviera en las faldas del Ararat o en el Top of the Rock. No era cuestión de geografías, sino de inflexiones.

Eso me condicionó a volver para mantener intactos mis paisajes salados, recoger besos en el aire para llenar de páginas mis tardes, de sueños mis noches, de tempestades mis lunes. Siempre mirando a lo alto de la escalera, donde habitan faunos, genios y Cervantes que con su ojo ciclópeo me vigilan, mientras camino con mis hojas mal impresas bajo el brazo, sabiendo que un clic de su dedo abre puertas y bares o un instante de purgatorio bajo un telón de miedo.

Después de mucho andar, un anemoi me advirtió que observara las cosas desde la distancia, con los ojos del alma, para no correr tras el viento, para aprender las formas en que la vida se desgrana con el mecanismo de un cuento, aunque el fuego queme y el hierro mate, para comprender que todos somos sombras, de un lugar a otro buscando un destino, un lugar en el que encajar,  demandando, tan solo, un día más para ver morir el sol, esperando que un faro ilumine nuestras huellas al volver a casa.



#palabrasalviento